Malvinas sigue doliendo

Treinta y seis años después, el conflicto sigue admitiendo infinitas miradas diferentes. Nosotros optamos por la que, como pueblo argentino, necesitamos elegir hoy.

El 2 de abril de 1982, tropas argentinas desembarcaban en las islas Malvinas. Algo más de dos meses después, el 14 de junio, la bandera nacional era atada por primera vez al carro triunfal de un vencedor, Gran Bretaña, que recuperaba así el territorio invadido. Entre esos dos hechos históricos sucedieron infinitas realidades diferentes.

¿Qué fue lo que ocurrió en esos setenta y cuatro días?

¿Que la tragedia histórica encarnada por Videla y Martínez de Hoz conocida como "dictadura cívico-militar" necesitó de algún hecho "patriotero" para poder repetirse, aunque ahora como farsa? Seguramente...

¿O habrá sido que las corporaciones globales fabricantes de armas requerían de una guerra para probar sus nuevos prototipos? Muy probablemente...

¿Quizás el régimen conservador británico, a punto de extinguirse, coincidió en sus necesidades políticas con nuestra tiranía y acordó el conflicto por mutua conveniencia? Podría verse así...

Sin embargo, las realidades expuestas son sólo tres de las infinitas posibles; y las que nosotros queremos destacar hoy, en 2018, son las que vivimos como pueblo de este país a partir del 2 de abril de 1982, que muchos siguen sufriendo.

¿Cómo describir el tránsito desde la euforia hacia el terror cuando fue haciéndose carne la idea de que, lejos de las previsiones iniciales, los ingleses sí iban a defender el territorio invadido y a esos fines había zarpado una imponente flota militar, con armas nucleares, desde la Gran Bretaña?

¿Cómo no recordar la gran oleada de sensaciones encontradas, de orgullo patriótico mezclado con el temor más genuino, invadiendo el espíritu de aquellos jóvenes de dieciocho años que fueron movilizados para recuperar y defender las islas?

¿Cómo olvidar la misma sensación contradictoria entre otros jóvenes, que habían cumplido hacía poco con su servicio militar y se habían reintegrado a la vida civil, pero podían ser convocados nuevamente para ir al frente de batalla?

¿Qué decir de aquellos miles de hombres y mujeres que sintieron cómo el corazón se les estrujaba en el pecho al conocerse la noticia del desembarco, sabiendo que sus hijos estaban allá y había un alto riesgo de que no regresaran?

¿Es posible obviar la contradicción que había entre la contaminación informativa de los medios monopólicos ("estamos ganando") y las noticias tremendas que llegaban por otras vías, como el hundimiento del buque General Belgrano?

Y finalmente, ¿cómo no reivindicar, treinta y seis años después, a ésos que, siendo casi niños, pudieron sobreponer su patriotismo al miedo y defendieron el suelo argentino? Éstas son nuestras realidades, las que elegimos entre las infinitas posibilidades de conceptualizar los hechos.

Muchos de aquellos "casi niños" perdieron la vida en el intento; otros sobrevivieron, y fueron en mayor o menor medida "ninguneados" por la sociedad y su representación política a lo largo de los años.

Centenares de ex combatientes no pudieron reinsertarse socialmente, les fue negado el trabajo, cayeron en el delito, se suicidaron, murieron sin haber obtenido, no ya un reconocimiento por su participación en la guerra, sino lo mínimo indispensable para seguir viviendo con dignidad.

Hubo argentinos no directamente relacionados con la guerra, cuyo pecho se infló de orgullo aquel 2 de abril, que más tarde se negarían a abrir la puerta si el que golpeaba era un ex combatiente que venía a venderle bolsitas para la basura.

De las infinitas realidades posibles, elegimos éstas.

Hay quienes pelearon en Malvinas y lograron regresar, hoy siguen viviendo, son adultos y no han perdido su identidad de ex combatientes. Por lo tanto, siguen mereciendo el reconocimiento y la dignidad.

La historia tendrá la última palabra, y cuando llegue el momento colocará en su lugar cada pieza de este rompecabezas aún no completamente armado. Pero para nosotros, hoy, la realidad no es la histórica sino la pragmática que se ha expuesto.

Como pueblo, Malvinas nos costó sangre, sufrimiento, miedo... y también un poco de aprendizaje, aún insuficiente. Porque objetivamente mirado, lo que estamos ofreciéndole cada año a estos argentinos que se jugaron la vida por la Patria no es un día de recuerdo sino 364 de olvido.

Si hay algo que todavía podemos hacer por los veteranos de guerra sobrevivientes, y por las familias de los caídos, es desterrar la hipocresía.

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